¿Qué puedo hacer para que a mi hijo le guste leer?

Las claves para motivar el respeto y amor por la lectura. Rutinas, un elemento clave. 

La lectura repetida en los niños ayuda al aprendizaje
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Por: Raquel C Cuperman
marzo 06 de 2018 , 11:08 a.m.

Lo primero es reconocer que el amor a la lectura nace en casa. Viendo a sus padres leer y amar los libros, los niños desarrollan un vínculo con ese objeto. La realidad es que todo depende de lo que han vivido los niños en torno a los libros con sus padres, abuelos o hermanos: ¿Qué han escuchado acerca de la lectura? ¿Cómo se aborda la lectura en casa? Su reacción ante ella es distinta si los libros son vistos como objetos útiles o como elementos que conllevan al placer y al desarrollo de la cultura.

En algunos hogares, el libro se usa para conciliar el sueño. Es parte de la rutina de la noche; la fase final de la cena, el baño y la organización para ir a dormir. Los niños saben que antes de cerrar sus ojos, sus padres les leerán un cuento. Para muchos es quizás la única oportunidad que tendrán en todo el día para compartir, a solas y abrazados, con papá o mamá, sin interrupciones y, muchas veces, sin otros hermanos presentes.

El libro en ese momento estrecha un vínculo familiar y muchas veces lo que se lea o mire no tiene trascendencia. Tienen más significado e importancia la voz, el arrullo, la calidez del regazo, la tranquilidad de saber que ese ser amoroso está súper cerca y la seguridad de la rutina. Muchos padres se estresan por no cumplir su cita diaria mientras otros la cumplen afanados y mirando el reloj porque tienen tantas otras cosas para hacer.

Sin embargo, el vínculo con el libro requiere más tiempo y otros momentos para ese libro sea una llave que abre las puertas de comunicación más allá de simplemente cerrar ojos y convocar al sueño. Hay que leer mucho en casa, pero también buscar otros lugares y momentos para hacerlo, para que ese libro haga más que llamar al sueño, para que sea la oportunidad para reír, jugar y conversar.

«Me encanta comprar libros a mis hijos pero los guardo en la parte alta de la estantería para que no los dañen. »

Mamá compro un libro hermoso en la librería, algo que ella recuerda de su propia infancia y que quiere compartir ahora con sus hijos. Pero deja el libro lejos, volviéndolo inalcanzable. Visto así, el libro se convierte en un objeto que produce miedo y temor; los niños crecen entendiendo que es mejor no tocarlos porque si se dañan los regañarán.

Lo ideal es todo lo contrario: se deben tocar, manipular y hasta chupar y morder. Si se dañan, se arreglan; si se ensucian son muestras de amor. Es cierto que la mayoría de los libros de calidad son costosos pero no se pueden ver como una inversión. Tenemos que dejar tocar y enseñar con ellos responsabilidad por los bienes que amamos y cuidamos.

«Mis hijos aman los libros, son un juguete más. Con ellos construyen, están todos rayados y las hojas se les caen. Pero, ¡les encantan!»

La idea es que los niños amen y respeten los libros; son tesoros que los llevan a viajar a mundos distintos, llaves mágicas que les enseñan muchas cosas desconocidas y varitas de la suerte con muchas soluciones para aplicar en la vida.

Precisamente, por eso no se pueden lanzar, patear, rasgar, romper y rayar por dentro. Si lo llevan al parque o donde la abuelita, lo deben proteger del agua, arena y sol. Lo mejor es enseñar que los libros son amigos y que no deben hacer a ellos, lo que harían a alguien a quien se quiere.

La mayoría de los libros de calidad son costosos, pero no se pueden ver como una inversión. Tenemos que dejar tocar y enseñar con ellos responsabilidad por los bienes que amamos y cuidamos.

“Desde que mis hijos aprendieron a leer, ellos leen solos.”

Muchas veces, los padres dejan de leer cuando los niños entran al jardín o arrancan sus procesos de lectoescritura; olvidan que, sin importar la edad o el momento, un libro siempre es una excusa para compartir. Quizás los hijos ya pueden leer solos, pero no es lo mismo poder reír y sentir angustia con otro, o aclarar las dudas porque aún no se entiende todo.

Siempre se necesita alguien para conversar sobre los trayectos lectores, eso enriquece la lectura y desarrolla la capacidad de poder hablar sobre los libros, argumentar las ideas y entender que otro puede tener perspectivas distintas sobre lo mismo.